Es invierno en Buenos Aires y el frío sube húmedo del Río de la Plata. Parque Patricios, un barrio compuesto por típicos edificios bajos y antiguas naves industriales clausuradas, está envuelto por una neblina ligera. Caminamos por la calle Monteagudo, bordeando el parque que da nombre al barrio. Es viernes por la tarde y ya es de noche.
Mal iluminado y con grandes árboles, en el centro del parque se ven improvisadas fogatas en las que los jóvenes que viven en la calle se calientan. Esnifan pegamento, fuman paco –pasta base-, representan la triste realidad de la exclusión social, consecuencia de múltiples crisis que han golpeado Argentina. Más de un intelectual habla de un nuevo tipo de genocidio, porque en un país en el que se produce alimento para más de 300 millones de personas, la pobreza es evitable.
Llegamos a la avenida Caseros y junto al hospital Churruca esperamos el autobús 28. En frente se erige un monumento que recuerda el fin de una epidemia, el fin de otro genocidio. Ocurrió hace más de cien años y acabó con la población afroargentina. El país más “europeo” de América Latina contó con una importante población afro hasta finales del siglo XIX. Buenos Aires, como puerto de entrada desde la época del Virreinato, fue lugar de comercio, contrabando. Circulaban la plata y la mano de obra esclava en una ciudad canalla que, aparentemente, poco tiene que ver con la actual.
Los registros dan cuenta de que hacia1600 ingresaron los primeros africanos en Buenos Aires. Para finales del siglo XVIII en algunas provincias algodoneras del país, como Santiago del Estero o Tucumán, la población de origen afro constituía una mayoría.
Entonces, ¿qué sucedió para que en tan breve lapso de tiempo desapareciera esta comunidad? Los expertos hablan de una funesta combinación de factores: múltiples guerras, políticas de blanqueamiento y repetidas epidemias de fiebre amarilla y cólera.
Hay que recordar que desde la guerra de independencia, la campaña del desierto o la sangrienta guerra del Paraguay, los negros formaron parte de las primeras filas, auténtica carne de cañón. “Pero sus mujeres y sus hijos libertos quedaron, siendo la base del mestizaje oculto de la identidad argentina”, dice el cineasta David Rubio, autor de Defensa 1464, un interesante documental que representa la realidad afroargentina de ayer y de hoy.
Las políticas de blanqueamiento que llevaron a cabo todas las élites criollas a lo largo de América latina durante el siglo XIX favorecieron la llegada masiva de inmigrantes europeos. Así las cosas, “la comunidad negra que en 1810 suponía más del 30 por ciento de la población porteña pasó a ser un 0,3 para finales de siglo”, recuerda Rubio. El discurso dominante se fue haciendo realidad.
En 1871, Buenos Aires carecía de condiciones básicas de salubridad. La epidemia de fiebre amarilla golpeó con especial crudeza a los afroargentinos, que fueron confinados y abandonados a una extinción segura.
Tras la epidemia se reconstruyó una nueva ciudad a imagen de las grandes urbes europeas mientras el componente afro de la identidad nacional argentina se olvidaba. Pero si escuchamos atentos los ruidos del tiempo encontramos vestigios culturales que dan cuenta de esta realidad: el decadente candombe rioplatense, la palabra quilombo, o el propio tango, cuyo origen parece ser afro, son algunos ejemplos. Incluso en el lenguaje: los argentinos se refieren despectivamente a los pobres que viven en las villas miseria-poblados de chabolas- como “negros”, aunque, de hecho, sean blancos.
Reducida a mero folclore, o a un hecho exógeno de la identidad nacional, la cultura afroargentina busca su lugar. Llega el autobús y dejamos la plaza, miramos hacia atrás y recordamos cómo, junto a ese monumento, no hace mucho se abrieron fosas comunes que nos recuerdan las miles de víctimas olvidadas de ese otro gran genocidio argentino.
